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El nuevo desorden mundial: entre algoritmo, Big Data e inteligencia artificial

El nuevo desorden mundial: entre algoritmo, Big Data e inteligencia artificial

Geopolítica, poder y tecnología

Donald Trump y Javier Milei como expresiones locales de una misma mutación global: líderes que gobiernan desde el caos, erosionan las instituciones democraticas , organismos internacionales y utilizan la tecnología, los datos y la emocionalidad como dispositivos centrales de poder político.


La política contemporánea ha dejado de organizarse exclusivamente en torno a programas, ideologías o consensos institucionales. Hoy se despliega como un campo de operaciones tecnopolíticas, donde el impacto emocional, la viralización y la amenaza permanente sustituyen a la deliberación democrática. Este fenómeno no es espontáneo ni accidental: responde a una racionalidad precisa, analizada con lucidez por Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos (1).

Da Empoli sostiene que el aparente desorden que domina la política global es, en realidad, el resultado de un diseño estratégico. Detrás de líderes que se presentan como antisistema, impulsivos o disruptivos, operan expertos en datos, comunicación digital y psicología social que comprenden mejor que nadie las reglas del nuevo juego: polarizar, fragmentar, provocar, desestabilizar. El caos no es un efecto colateral; es el método.

Donald Trump encarna de manera paradigmática esta lógica. Su desprecio explícito por el derecho internacional, la soberanía de los Estados y las normas multilaterales no constituye una anomalía, sino una señal política. Al declarar abiertamente su interés por territorios soberanos, al legitimar la amenaza como herramienta diplomática y al gobernar desde la provocación constante, Trump no busca consenso: busca dominar la agenda, producir incertidumbre y exhibir poder. En este esquema, la verdad fáctica es secundaria frente al efecto político de la narrativa.

La mutación es profunda. Como advierte Shoshana Zuboff, el capitalismo de la vigilancia ha transformado la experiencia humana en materia prima para la extracción de datos y la predicción de conductas (2). La política no quedó al margen de este proceso: se convirtió en un laboratorio donde los datos personales, los miedos sociales y las frustraciones colectivas son procesados algorítmicamente para orientar comportamientos electorales y climas de opinión.

Javier Milei representa la traducción local de este fenómeno global. Su ascenso no puede explicarse únicamente por variables económicas o coyunturales. Milei ganó en las redes antes de ganar en las urnas. Comprendió —o sus equipos comprendieron— que la política digital no premia la moderación ni la complejidad, sino la confrontación, el escándalo y la simplificación extrema. En términos de Da Empoli, Milei es el producto exitoso de una ingeniería política que convierte la ira en capital político.

Cuando los ciudadanos sujetos de derechos civiles pasamos a ser usuarios y consumidores, donde las noticias se convierten en contenidos que circulan y las noticias blandas tienen mayor alcance al igual que fake news.La famosa película El show de Truman ya es una realidad y no la percibimos.

La escena es elocuente: mientras regiones enteras atravesaban crisis ambientales y sociales, la centralidad política se desplazaba hacia encuentros con influencers, transmisiones en vivo y batallas culturales en redes sociales. La gestión concreta queda relegada frente a la performance comunicacional. Como señala Byung-Chul Han, la política contemporánea ha mutado en psicopolítica: ya no gobierna cuerpos, gobierna emociones (3).

Este desplazamiento tiene consecuencias institucionales graves. El uso sistemático de decretos, el veto a leyes aprobadas por el Congreso y la deslegitimación permanente del Poder Legislativo no son hechos aislados, sino parte de una misma lógica: vaciar de sentido a las mediaciones democráticas. Las instituciones son presentadas como obstáculos, no como garantías. El Estado de derecho aparece como una rémora del pasado frente a la supuesta eficiencia del liderazgo personalista.

Nick Srnicek advierte que las plataformas digitales no solo median la comunicación, sino que reconfiguran las relaciones de poder (4). En este ecosistema, quienes controlan los flujos de información controlan la realidad percibida. La política se convierte en una disputa por la atención, donde el algoritmo decide qué existe y qué desaparece.

El resultado es un nuevo desorden mundial. No un caos sin dirección, sino un caos administrado. Un escenario donde la amenaza reemplaza a la diplomacia, la emocionalidad sustituye al debate y la tecnología se utiliza para erosionar consensos básicos. América Latina observa este proceso con preocupación: la desestabilización discursiva precede, muchas veces, a la desestabilización material.

Da Empoli advierte que este tipo de liderazgo no busca construir futuro, sino permanecer en crisis permanente, porque la crisis debilita a las instituciones y fortalece al poder personal. En ese sentido, Trump y Milei no son excepciones, sino síntomas de una época donde el caos se ha convertido en recurso político central.

Comprender esta lógica es imprescindible. No para aceptar el nuevo desorden como destino inevitable, sino para disputar sentido, reconstruir mediaciones democráticas y recuperar la dimensión humana de la política. Porque cuando el algoritmo gobierna sin límites, lo que está en juego no es solo la democracia, sino la posibilidad misma de una vida política común.


(1) Da Empoli, G. (2020). Los ingenieros del caos. Barcelona: Anagrama.
(2) Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia. Buenos Aires: Paidós.
(3) Han, B.-C. (2014). Psicopolítica. Barcelona: Herder.
(4) Srnicek, N. (2018). Capitalismo de plataformas. Buenos Aires: Caja Negra.


Aya

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