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La guerra que no vemos: datos, plataformas y la nueva colonia digital

La guerra que no vemos: datos, plataformas y la nueva colonia digital

Tecnología, poder y control

Ya no hay bombas ni tanques. La batalla del siglo XXI se libra en silencio: en cada clic, en cada pago con QR, en cada recorrido geolocalizado. ¿Somos libres usuarios o trabajadores invisibles de un sistema que aprende de nosotros para decidir por nosotros?


Durante décadas, cuando pensábamos en la palabra “guerra”, la imagen era clara: explosiones, bombardeos, soldados avanzando sobre territorios ajenos. La violencia era visible, brutal, directa. Hoy, esa forma de conflicto parece pertenecer a otra generación. Los golpes de Estado clásicos ya no funcionan del mismo modo. La consolidación de los derechos humanos, la memoria histórica y una conciencia global más alerta volvieron inaceptable —al menos en el discurso— la violencia explícita como método de dominación.

Pero la guerra no desapareció. Cambió de forma.

La batalla contemporánea es silenciosa, invisible y cotidiana. No se libra con armas, sino con datos. No avanza con tropas, sino con plataformas. No necesita ocupar territorios físicos porque coloniza algo mucho más profundo: nuestra vida cotidiana, nuestras decisiones, nuestros deseos.

Cada día, millones de personas generamos contenido de manera ininterrumpida. Lo que pensamos, lo que hacemos, lo que nos gusta y lo que rechazamos queda registrado. Usamos aplicaciones de geolocalización para vender un producto, llegar a una entrevista, encontrar un restaurante o compartir una salida con amigos. Todas esas acciones suceden en el espacio público digital, mediadas por las mismas plataformas.

Antes de comprar, comparamos precios, leemos reseñas, analizamos características. Elegimos diarios digitales que coinciden con nuestra mirada del mundo y con una línea editorial que nos resulta familiar. En el supermercado pagamos con QR o transferencia. Recordamos una boleta pendiente, entramos a Mercado Pago y en menos de dos minutos todo está saldado. Sacamos la tarjeta SUBE, que también registra recorridos, horarios, tarifas y beneficios sociales. Cada gesto deja huella.

Llegamos a destino, sacamos fotos, grabamos videos y los subimos a Facebook, Instagram, TikTok, YouTube. Usamos Google Maps para “visibilizar” paisajes, comercios y ciudades. Todo queda almacenado. Todo se transforma en información valiosa.

El celular interrumpe con su campaneo constante: mensajes de WhatsApp, fotos, planes para el fin de semana, links, reservas, precios. Luego volvemos a casa en un vehículo solicitado desde una aplicación. Uber, Didi u otras plataformas similares. Un modelo que hace apenas dos décadas hubiera parecido ciencia ficción: ponés tu auto, sos el chofer, pagás el combustible, asumís el desgaste del vehículo y una aplicación define tarifas según oferta y demanda.

En Argentina —como en gran parte del mundo— estas plataformas no funcionan como el transporte tradicional: no tributan como taxis, no siempre tienen representación legal clara, y la responsabilidad ante accidentes suele recaer en el conductor y su seguro personal. La empresa se presenta como intermediaria tecnológica, no como empleadora. El riesgo se descentraliza; la ganancia se concentra.

Llegamos a casa, almorzamos y subimos una foto del árbol al grupo familiar. Parece un gesto íntimo, inofensivo. Pero no estamos solos. Millones de personas hacen el lo mismo en todo el mundo. La mayoría de las aplicaciones que usamos pertenecen a corporaciones norteamericanas. Algunas excepciones provienen de Oriente, como TikTok o ChatGPT. El resto responde a una lógica occidental de acumulación y extracción.

El almacenamiento de datos es cada vez más barato para las corporaciones. Guardar información cuesta poco; procesarla vale oro. La acumulación masiva de datos personales permite construir perfiles hiperprecisos. Las plataformas saben más de nosotros que nosotros mismos. Con esa información alimentan sistemas de inteligencia artificial capaces de predecir comportamientos futuros, reducir márgenes de elección y orientar decisiones sin que lo notemos.

Creemos elegir libremente, pero muchas veces lo hacemos dentro de opciones ya preconfiguradas. Vivimos en una lógica de automatismo: dependemos de plataformas que “nos facilitan la vida”. Son gratuitas, se nos dice. Pero nada es gratis. Pagamos internet, el teléfono, la computadora. Y además trabajamos sin salario: producimos datos, contenidos, interacciones 24 /7.

Karl Marx, incluso en su imaginación más radical, difícilmente hubiera concebido esta forma de explotación: voluntaria, permanente y, paradójicamente, celebrada. El usuario es trabajador, materia prima y producto final al mismo tiempo.

Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿hacemos realmente lo que queremos o hacen lo que quieren con nosotros? ¿Hasta qué punto nuestra conciencia es adictiva y dependiente de sistemas diseñados para captar atención, modelar hábitos y orientar deseos?

La disputa por los recursos naturales continúa, pero ahora se suma otra capa estratégica: la interacción de datos personales. El petróleo del siglo XXI no está bajo la tierra, sino en nuestros bolsillos. En nuestros celulares. En nuestras rutinas.

Hay y autores qué dicen estar frente a un hecho sin precedente comparando ,con aquel hecho histórico cuando los europeos vinieron a colonizar América no se sabía que iba a pasar , la historia nos demostró , el saqueo , el despojo y el pillaje , colonización y el colonizados la imposición de una cultura sobre otra.

El extractivismo no solo es de recursos naturales sino del comportamiento humano.»La experiencia humana es convertida en datos conductuales que se traducen en productos de predicción destinados a anticipar lo que haremos ahora, pronto y más adelante”
(Zuboff, 2019, p. 11).

¿Estamos frente a un avance histórico o a un retroceso sofisticado? ¿La tecnología amplía nuestra libertad o redefine los límites de lo posible? ¿Hemos entrado, sin darnos cuenta, en una nueva etapa de colonia digital?

La pregunta final no es solo para el lector. También es para la inteligencia artificial. Porque en esta guerra sin bombas, todos ,humanos y máquinas ,ya estamos del mismo lado del campo de batalla.

Recomendamos el texto de referencia bibliográfica :

Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós.

Aya

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