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Levantar ofrendas el 2 de noviembre: un ritual de comunión entre vivos y muertos en la cosmovisión jujeña

Levantar ofrendas el 2 de noviembre: un ritual de comunión entre vivos y muertos en la cosmovisión jujeña

Créditos: Ricardo Cortez

Tradición y memoria en Jujuy.
En Jujuy, las familias preparan ofrendas el 1 de noviembre para recibir a las almas y el 2 de noviembre “levantan” esas ofrendas, compartiéndolas entre vivos. Este gesto ritual añade sentido comunitario, simbólico y de duelo levantar ofrendas el 2 de noviembre: un ritual de comunión entre vivos y muertos en la cosmovisión jujeña la celebración del Día de los Fieles Difuntos.

Créditos: Ricardo Cortez

En el marco de la celebración del Día de los Fieles Difuntos, en la provincia de Jujuy se mantiene viva la práctica de preparar mesas de ofrendas —con alimentos, bebidas, hojas de coca, flores y objetos que al difunto le gustaban— el día 1 de noviembre, con la convicción de que las almas regresan al mundo de los vivos esa noche. Esta lógica ritual conjuga culto católico y cosmovisión andina, pues “la religiosidad andina cree que en la madrugada del 1 al 2 de noviembre, el alma de los muertos regresa a las casas donde vivieron para participar de un banquete que sus familiares le preparan con amor y dedicación”.¹

Al amanecer del 2 de noviembre, las familias jujeñas realizan el gesto de levantar las ofrendas: la mesa ritual se desarma, los alimentos y bebidas se comparten entre los presentes, y simbólicamente las almas se despiden para volver al más allá. Este momento marca no sólo el fin del banquete para los difuntos, sino también la transformación de lo ofrecido en comunión entre vivos, lo que fortalece los lazos familiares y sociales en la comunidad.²

Creditos :Flia Báez

Desde una perspectiva antropológica, esta práctica ritual opera en varias dimensiones. En primer lugar, mantiene viva la memoria de los antepasados, pues al colocar y luego levantar la ofrenda se reitera el recuerdo, se nombra al difunto y se le reconoce un lugar activo en la continuidad comunitaria. En segundo lugar, la preparación, recepción simbólica y luego la compartición de alimentos actúan como mecanismos de duelo colectivo: el rito permite enfrentar la ausencia, integrar la pérdida y reafirmar la pertenencia a un grupo mayor. Tercero, la práctica encarna una cosmovisión andina en la que los muertos, la tierra (Pachamama) y los vivos se encuentran en una relación recíproca de oferta, pago y cuidado: como sostienen los etnógrafos, “los muertos participan … en la construcción de una sociedad civil sui géneris, una civilidad ritual que incorpora la mirada y las historias de los difuntos a la normativa y la ética del hacer social que regirá la conducta cotidiana por el resto del año”.³

En el contexto jujeño, tal ritual —aunque con matices locales— comparte estos horizontes simbólicos y sociales. Al levantar las ofrendas el 2 de noviembre, se concluye la visita ritual de las almas y se pasa a la celebración de la vida compartida entre los vivos. Así, la mesa de ofrendas no sólo es un altar para los muertos, sino también un espacio de encuentro comunitario, reconocimiento colectivo y pertenencia cultural. Este gesto diario-ritual reafirma que la muerte no es exclusivamente una ruptura, sino una continuidad con quienes ya no están, y que la comunidad se extiende más allá de la vida visible.

Referencias ( APA):

  1. Krmpotic, C. S. (2018). El día de los muertos y el cuidado del espíritu en los Andes. Revista Estudios Andinos, 50, 1-12.
  2. Vargas, N. A. (2013). Compadrazgo de difuntos en Jujuy, Argentina. Revista Latinoamericana de Antropología Social, 12, 45-63.
  3. Mardones, P. (2020). Migrar, morir y seguir perteneciendo: El Día de los Muertos centroandino del cementerio de Flores de Buenos Aires. Estudios Atacameños, 64, 361-390.

Aya

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